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lunes, 24 de enero de 2011

"...hasta que la falta de amor nos separe”



Cuando dos personas se conocen y se enamoran en lo primero que suelen pensar es en pasar el resto de sus días juntos. La idea, generalmente inconsciente, que los lleva a pensar de ese modo es el deseo de eternizar aquel maravilloso momento. Y debido a que éste se vive como un sentimiento muy fuerte y arraigado que no podrá nunca ser borrado por nada ni por nadie según la perspectiva de los propios partícipes, es que no se repara en la posibilidad cierta y normal de que através de los años uno pueda cambiar su carácter y personalidad, y con ellos sus sentimientos. Y de no ser así, que esto pueda sucederle a la otra persona (su pareja), lo que aumenta considerablemente el riesgo de que con el tiempo ese maravilloso sentimiento que es el amor desaparezca o se vea literalmente cambiado. Si a todo ello agregamos las circunstancias externas que no siempre son contemplativas de los deseos de cada individuo y que van moldeándolo a éste como se hace con una escultura de barro, fácil nos será concluir que la permanencia de la institución conyugal es más frágil y temporaria que un barquito de papel navegando en medio de una tempestad.

Debido quizás a las duras experiencias de las últimas décadas, muchas parejas hoy contemplan la triste posibilidad de la ruptura aun en medio de la euforia de aquel momento celestial. Pero lo que en realidad ocurre luego, en la mayor parte de los casos de separación definitiva, parece ser otra cosa muy distinta de la que los cónyuges creen.

Veamos cuál es la teoría. Cuando por cualquiera de las causas vistas (internas: cambio de carácter, personalidad, etc.; o circunstancias externas que dificultan la convivencia, como las económicas, enfermedades, muerte de algún familiar, etc.) los cónyuges empiezan a “llevarse mal”, comienzan o empeoran las fricciones. De manera inadvertida, uno o ambos sufre la presencia y compañía del otro. Aparecen discusiones, indiferencia, silencios odiosos. El tiempo compartido se hace cada vez más tedioso, las broncas, los malentendidos y las desavenencias diarias van cultivando lentamente la enemistad entre dos seres que lo único que sabían era amarse. Pero la culpa es del otro. Es la tendencia que cada uno de ellos cobijará en su interior convirtiéndose así en la víctima. Dos víctimas y ningún victimario. La realidad más objetiva nos dirá que la culpa es siempre compartida como antes lo fue el amor. Ninguno de los dos suele tener en cuenta que antes que pareja son individuos y como tales, susceptibles a cambios. Estos no sólo se operan a nivel fisico, biológico y fisiológico. Con el tiempo pueden darse y de hecho se dan transformaciones en el carácter y la personalidad. A veces éstas se manifiestan de manera más o menos pronunciada y otras, su aparición es casi nula. Pero en todos estos casos ambos integrantes de la pareja debieran ser más tolerantes con el otro y con ellos mismos entendiendo que enfrentan una etapa de readaptación a nuevos hábitos y costumbres.

Estadísticamente, en la mayor parte de estos casos no es el amor el que ha desaparecido sino la tolerancia mutua y la capacidad para comprender la nueva situación por la que atraviesa la pareja. Como hemos visto, luego de transcurridos algunos años y asentada la misma en la rutina de un amor que se repite sin renovarse, ven sobrevenir aquellos cambios internos y/o externos a los que nos hemos referido. No logrando comprender la nueva situación, ambos o uno de ellos se apuran a declarar la desaparición del amor que una vez los juntó.

El secreto, si en realidad la pareja desea descubrir la verdad de lo que les sucede, estriba en que cada uno pueda buscar los errores de la relación, en sí mismos. Pero no sintiendo culpa sino como la manera de encontrar un timón para poder manejar. Cada uno podrá hacer lo propio y no culpar al otro intentando corregir sus errores. Ese es el error mutuo que no se debe cometer pues los llevará indefectiblemente a una ruptura disfrazada de falta de amor. No es necesario ni aconsejable apresurarse a abandonar el barco, sino esperar a que pase la tempestad.

No todos los casos se ajustan a las características descriptas. Es verdad que a veces no se trata de un simple problema climatológico-sentimental en medio del océano de circunstancias, sino de un barco que ha perdido su potencial para continuar navegando. El sentimiento de amor básico, por algún motivo, es posible que haya desaparecido en la pareja. Es por ello que existen los consultores profesionales en la materia que sabrán proporcionarles las herramientas adecuadas para que ellos mismos sepan descubrir si el daño ha sido hecho a la embarcación o se trata de una simple tempestad. Y creo que en nombre de ese amor celestial que parecía conducirlos hacia la eternidad, vale la pena intentarlo todo para enterarse de la verdad. Y obrar en consecuencia. 



 Autor Rudy Spillman publicado en el blog
LIBRO ABIERTO

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