¿Buscas algo en especial?

Búsqueda personalizada
Mostrando entradas con la etiqueta lectura. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta lectura. Mostrar todas las entradas

lunes, 20 de febrero de 2012

LA ROSA DE PARACELSO



LA ROSA DE PARACELSO

En su taller, que abarcaba las dos habitaciones del sótano, Paracelso pidió a su Dios, a su indeterminado Dios, a cualquier Dios, que le enviara un discípulo.

Atardecía. El escaso fuego de la chimenea arrojaba sombras irregulares. Levantarse para encender la lámpara de hierro era demasiado trabajo. Paracelso, distraído por la fatiga, olvidó su plegaria. La noche había borrado los polvorientos alambiques y el atanor cuando golpearon la puerta.

El hombre, soñoliento, se levantó, ascendió la breve escalera de caracol y abrió una de sus hojas. Entró un desconocido. También estaba muy cansado. Paracelso le indicó un banco; el otro se sentó y esperó. Durante un tiempo no cambiaron una palabra. 

El maestro fue el primero que habló. -Recuerdo caras del Occidente y caras del Oriente -dijo no sin cierta pompa-. No recuerdo la tuya. ¿Quién eres y qué deseas de mí? -Mi nombre es lo de menos -replicó el otro-. Tres días y tres noches he caminado para entrar en tu casa. Quiero ser tu discípulo. Te traigo todos mis haberes. Sacó un talego y lo volcó sobre la mesa. Las monedas eran muchas y de oro. Lo hizo con la mano derecha. Paracelso le había dado la espalda para encender la lámpara. Cuando se dio vuelta advirtió que la mano izquierda sostenía una rosa. La rosa lo inquietó. 

Se recostó, juntó la punta de los dedos y dijo: -Me crees capaz de elaborar la piedra que trueca todos los elementos en oro y me ofreces oro. No es oro lo que busco, y si el oro te importa, no serás nunca mi discípulo.

-E1 oro no me importa -respondió el otro-. Estas monedas no son más que una prueba de mi voluntad de trabajo. Quiero que me enseñes el Arte. Quiero recorrer a tu lado el camino que conduce a la Piedra. Paracelso dijo con lentitud: -El camino es la Piedra. El punto de partida es la Piedra. Si no entiendes estas palabras, no has empezado aún a entender. Cada paso que darás es la meta. El otro lo miró con recelo. Dijo con voz distinta: -Pero, ¿hay una meta? Paracelso se rió. 
-Mis detractores, que no son menos numerosos que estúpidos, dicen que no y me llaman un impostor. No les doy la razón, pero no es imposible que sea un iluso. Sé que «hay» un Camino. Hubo un silencio, y dijo el otro: -Estoy listo a recorrerlo contigo, aunque debamos caminar muchos años. Déjame cruzar el desierto. Déjame divisar siquiera de lejos la tierra prometida, aunque los astros no me dejen pisarla. Quiero una prueba antes de emprender el camino. -¿Cuándo? -dijo con inquietud Paracelso. -Ahora mismo- dijo con brusca decisión el discípulo. Habían empezado hablando en latín; ahora en alemán. El muchacho elevó en el aire la rosa. -Es fama -dijo- que puedes quemar una rosa y hacerla resurgir de la ceniza, por obra de tu arte. Déjame ser testigo de ese prodigio. Eso te pido, y te daré después mi vida entera. -Eres muy crédulo -dijo el maestro-. No he menester de la credulidad; exijo la fe. El otro insistió. 

-Precisamente porque no soy crédulo quiero ver con mis ojos la aniquilación y la resurrección de la rosa. Paracelso la había tomado, y al hablar jugaba con ella. -Eres crédulo -dijo-. ¿Dices que soy capaz de destruirla? -Nadie es incapaz de destruirla- dijo el discípulo. -Estás equivocado. ¿Crees, por ventura, que algo puede ser devuelto a la nada? ¿Crees que el primer Adán en el Paraíso pudo haber destruido una sola flor o una brizna de hierba? -No estamos en el Paraíso -dijo tercamente el muchacho-; aquí, bajo la luna, todo es mortal. 
Paracelso se había puesto en pie. -¿En qué otro sitio estamos? ¿Crees que la divinidad puede crear un sitio que no sea el Paraíso? ¿Crees que la Caída es otra cosa que ignorar que estamos en el Paraíso? -Una rosa puede quemarse -dijo con desafío el discípulo. -Aún queda fuego en la chimenea -dijo Paracelso-. Si arrojaras esta rosa a las brasas, creerías que ha sido consumida y que la ceniza es verdadera. Te digo que la rosa es eterna y que sólo su apariencia puede cambiar. Me bastaría una palabra para que la vieras de nuevo. -¿Una palabra? -dijo con extrañeza el discípulo-. El atanor está apagado y están llenos de polvo los alambiques. ¿Qué harías para que resurgiera? Paracelso le miró con tristeza. -El atanor está apagado -repitió- y están llenos de polvo los alambiques.


En este tramo de mi larga jornada uso de otros instrumentos. -No me atrevo a preguntar cuáles son  -dijo el otro con astucia o con humildad. -Hablo del que usó la divinidad para crear los cielos y la tierra y el invisible Paraíso en que estamos y que el pecado original nos oculta. Hablo de la Palabra que nos enseña la ciencia de la Cábala. El discípulo dijo con frialdad: -Te pido la merced de mostrarme la desaparición y aparición de la rosa. No me importa que operes con alquitaras o con el Verbo. Paracelso reflexionó. Al cabo dijo: -Si yo lo hiciera, dirías que se trata de una apariencia impuesta por la magia de tus ojos. El prodigio no te daría la fe que buscas. Deja, pues, la rosa. El joven lo miró, siempre receloso. El maestro alzó la voz y le dijo: -Además, ¿quién eres tú para entrar en la casa de un maestro y exigirle un prodigio? ¿Qué has hecho para merecer semejante don? El otro replicó tembloroso: -Ya sé que no he hecho nada. Te pido en nombre de los muchos años que estudiaré a tu sombra que me dejes ver la ceniza y después la rosa. No te pediré nada más. Creeré en el testimonio de mis ojos. Tomó con brusquedad la rosa encarnada que Paracelso había dejado sobre el pupitre y la arrojó a las llamas. El color se perdió y sólo quedó un poco de ceniza. Durante un instante infinito esperó las palabras y el milagro. Paracelso no se había inmutado. Dijo con curiosa llaneza: -Todos los médicos y todos los boticarios de Basilea afirman que soy un embaucador. Quizá están en lo cierto. Ahí está la ceniza que fue la rosa y que no lo será. 

El muchacho sintió vergüenza. Paracelso era un charlatán o un mero visionario y él, un intruso, había franqueado su puerta y lo obligaba ahora a confesar que sus famosas artes mágicas eran vanas. Se arrodilló, y le dijo: -He obrado imperdonablemente. Me ha faltado la fe, que el Señor exigía de los creyentes. Deja que siga viendo la ceniza. Volveré cuando sea más fuerte y seré tu discípulo y al cabo del Camino veré la rosa. Hablaba con genuina pasión, pero esa pasión era la piedad que le inspiraba el viejo maestro, tan venerado, tan agredido, tan insigne y por ende tan hueco.

¿Quién era él, Johannes Grisebach, para descubrir con mano sacrílega que detrás de la máscara no había nadie?  Dejarle las monedas de oro sería una limosna. Las retomó al salir.


Paracelso lo acompañó hasta el pie de la escalera y le dijo que en esa casa siempre sería bienvenido. Ambos sabían que no volverían a verse. Paracelso se quedó solo.


Antes de apagar la lámpara y de sentarse en el fatigado sillón, volcó el tenue puñado de ceniza en la mano cóncava y dijo una palabra en voz baja. La rosa resurgió.                                                                             

Jorge Luis Borges

PAISAJE INTERIOR

 

PAISAJE   INTERIOR
Los grandes textos de sabiduría antigua nos muestran siempre la existencia de un lugar donde reina la profunda felicidad, donde no existe guerra, enfrentamiento, miedo, sufrimiento, un vergel oculto en algún lugar de la Realidad donde se vive según los parámetros de la armonía y la belleza. Algunas tradiciones esotéricas hablan de lugares como Mu o La Atlántida, paraísos perdidos en la historia remota de la humanidad. Otras nos hablan de Agartha, Paititi, Shambala... lugares que en un momento determinado dieron un salto evolutivo y se encuentran ahora más allá de la tercera dimensión. Escuchamos también la promesa de las grandes tradiciones de oriente y occidente que esperan el retorno al Paraíso del que alguna vez salimos

"Y Jehová Dios plantó un huerto en Eden,al oriente; y puso allí al hombre que había formado. Y Jehová Dios hizo nacer de la tierra todo árbol delicioso a la vista, y bueno para comer; también el Árbol de la Vida en medio del huerto, y el Árbol de la Ciencia del bien y del mal. Y salía de Edén un río para regar el huerto...   Y oyeron la voz de Jehová Dios que paseaba en el huerto, al aire del día...                   (Gen.2, 8-10 y 3, 8)

En las antiguas tradiciones y mitologías, se nos describe esa realidad donde naturaleza, ser humano y Dios caminan de la mano, son una y la misma cosa, pero, ¿dónde quedó ese paraíso?, ¿qué fue del reino de la felicidad?.

El Paraíso de la Nueva Era.
El Edén existe, Paititi es posible, Shambala se abre para nosotros, para los seres humanos que iniciamos una nueva era de plenitud, ¿y si todo lo descrito estuviese dentro de nosotros mismos?.
Cada uno de nosotros guarda en su interior su propio paisaje, basta con observarnos para descubrir un poco más sobre nosotros mismos, basta recorrer nuestra alma con tranquilidad, en las pequeñas cosas de la vida cotidiana, para identificar el paisaje que nos habita.
Algunos esconden una selva, una selva virgen, árboles y plantas crecen en una desordenada carrera hacia la luz del sol mientras que otras especies se acostumbran a sobrevivir en la penumbra, paisaje misterioso y sugerente, pero muchas veces impenetrable para otros seres humanos e incluso para la Luz. Otros llevan una llanura de tierra reseca y dura, espinos, árboles sin hojas que apenas dan sombra, un viento seco y caliente hace levantar un polvo que ciega los ojos y no permite encontrar la dirección. Otro más descubrirá dentro de sí un desierto de profundas arenas rojizas donde la temperatura cambia bruscamente y las arenas van allá donde las lleva el viento modificando imprevisiblemente el paisaje.
Aquel de más allá, sin embargo, contemplará un bello jardín, cuidado, mimado y diseñado con esmero, donde cada flor y cada arbusto tiene su lugar preciso y algunos árboles, cuidadosamente podados, ofrecen sus flores y su perfume al aire cálido de la tarde... un lugar delicado con bellos paseos y bancos en los que sentarse a descansar a la orilla del lago.
Hay también quien será explosión, volcán en erupción, ríos de lava cayendo mientras su sonido desde lo profundo de la tierra llena el aire, paisaje inhabitable para muchos seres humanos, pero que puede fascinar a otros, amantes de lo imprevisible y enamorados de la fuerza de la naturaleza que decidan hacer de las inmediaciones del volcán su hogar.
Quizá nuestro interior sea un paisaje montañoso, de cumbres altas y nevadas, árboles que dejan filtrar los rayos del sol invernal, poderoso y frío viento que arrastra las nubes... y sobre las cumbres, promesa de amplia perspectiva, de la visión maravillosa del valle, del río...
Aquel que está allí, sin embargo, será un valle, cálido y soleado, cubierto de alta hierba verde y pequeñas flores, bordeado de elevadas cumbres nevadas, un valle donde reina el sol y el cielo azul de una primavera vibrante de luz y brisa fresca.

El trabajo interno
Nos observamos, nos descubrimos, puede que alguno se asombre de la profundidad que contempla. Pero no importa lo que cada uno perciba en su interior, si nuestra naturaleza, las características de nuestra psique nos llevan a ser selva o desierto, lo que importa es lo que decidimos hacer con el paisaje que somos. ¿Qué debo hacer para convertirme en un Edén, cual es el trabajo que tengo que realizar?, es la pregunta que nos pone en el camino del cambio, de la transformación.
Para que la Luz llegue a todos los rincones de nosotros mismos e irradie en todas direcciones, el trabajo consistirá en algunos momentos, en limpiar y eliminar, quizá tengamos que talar árboles, abrir caminos, no dejar crecer ciertas plantas aunque tengan una hermosa apariencia... para ser útil a los planes del Espíritu habrá que decidirse, a veces, a podar lo que no sirve. En otros momentos tendremos que trabajar arduamente la tierra, sembrar las semillas del Ser que queremos ver crecer en nuestro interior, los valores que harán de nosotros verdaderos Hombres y Mujeres sobre la faz de la Tierra. Y tras la siembra tendremos que regar con las Aguas de Vida nuestra psique, sumergirnos en la presencia del Espíritu para cuidar con mimo y cariño lo sembrado, aprender la paciencia y la constancia, vivir desde la confianza, desde la certeza de que somos parte importante de la Creación y de que el trabajo que realicemos sobre nosotros mismos siempre merecerá la pena. Siempre habrá un momento para recoger los frutos, para contemplar como en nosotros va creciendo la presencia de lo sagrado, para ver y experimentar al Gran Espíritu actuando en la vida cotidiana, en cada gesto, en cada pensamiento, en cada palabra, en cada sentimiento: Dios Padre-Madre paseando por el Jardín Infinito que somos, Dios Padre-Madre, recorriendo el Jardín Mayor, pleno de diversidad, que conforma toda la humanidad reunida. Porque el fruto de este trabajo somos cada uno de nosotros, la Criatura Humana sin la cual la Creación no tendría gloria ni grandeza.
    "-¡Hágase así! ¡Que se llene el vacío! ¡Que esta agua se retire y desocupe el espacio, que surja la tierra y que se afirme! Así dijeron (Tepeu y Gutumatz). ¡Que aclare, que amanezca en el cielo y en la tierra! No habrá gloria ni grandeza en nuestra creación y formación hasta que exista la Criatura Humana, el Hombre formado. Así dijeron". Popol-Vuh.
Sea cual sea nuestra tarea emprendamosla ahora, el compromiso es con nosotros mismos: hacer de nosotros un mundo habitable, habitable para nuestro Ser, para la Divinidad que es nuestra esencia, habitable para nuestro hermano, el ser humano que acompaña nuestros días sobre este planeta Tierra. Sólo así podremos llegar a nuestra propia plenitud como seres humanos, sólo así la Creación dará el salto que le haga llegar a su plenitud.

Maite Pardo Sol
Psicomotricista.
Facilitadora del Sistema Pneuma.
Maestra Reiki.
Colabora en Inkarri Asoc. Cultural

LA LEYENDA DEL TAMBOR ENCANTADO

 

LA LEYENDA DEL TAMBOR ENCANTADO

En un tiempo en el que el mundo era muy muy joven exisitió un lugar hermoso, una ciudad bellísima cuyas casas brillaban por los colores de las alfombras, las cortinas y los tapices, y cuyos caminos siempre estaban bordeados de verde hierba y ardorosas flores.

Sus habitantes eran habilidosos artesanos tejedores, que conocían los secretos de entrelazar hilos de oro y plata entre las sedas.
Un día, vieron una figura que se acercaba a la ciudad. Por su manera de caminar, renqueante, cansada, se dieron cuenta de que era una anciano. En efecto,era un hombre viejísimo encorvado sobre un bastón y vestido con ropas desgarradas y sucias.
Los niños y las niñas que jugaban en la calle, al verlo, se burlaron de él. Algunas imitaban su dolorosa manera de andar, otros se acercaban corriendo y le tiraban de los andrajos del vestido, y había incluso alguna y alguno que le insultaba.
Pero el anciano seguía caminando en silencio, reconcentrado en sí mismo, en calma, en el silencio que suele rodear a los sabios.
Atravesó toda la ciudad seguido de la chiquillería, sin hacerles ningún caso y cuando estaba a punto de salir por la última calle del último barrio, se detuvo un momento. Niñas y niños se quedaron quietos, rodeándolo. El, lentamente, muy lentamente, introdujo la mano con la que no sujetaba el bastón dentro del saco que llevaba colgado al hombro. Ante el asombro de todos, extrajo un tambor, un precioso tambor de madera tallada y cuero. Sin decir ni una sola
palabra, se lo ofreció a los chavales y desapareció.
Las niñas y los niños estuvieron encantados con el regalo. Se lo llevaron corriendo hasta una suave colina arbolada donde solían reunirse para jugar. Allí, uno tras otro y una tras otra tocaron el tambor con todas sus ganas.
-¡Kumbatakumbatakumbatá!-; cantaba el tambor, resonando y vibrando
-Takuntakuntakuntatatakun!-los golpes sonoros chocaban contra los árboles, contra las piedras, y llegaban hasta todas las casas de la ciudad, donde los mayores trabajaban.
Cada vez el sonido era más intenso, los muchachos y muchachas se divertían tanto que estaban fuera de sí, e incluso hacían sonar el tambor con los pies descalzos.

El mayor de los chavales se reía diciendo:
-Este viejo es tan tonto que nos ha hecho el mejor regalo a cambio de todo lo que nos hemos burlado de él.
Cuando terminó de decir eso, del tambor salió un sonido inimaginable, un estruendo gigantesco, tan brutal que todo el mundo dejó de trabajar en sus casas.
El chico, entonces, dió un puntapié contra la piel del tambor y lo reventó.
Al momento, el cielo comenzó a tronar y, al mismo tiempo, desde dentro del tambor manó un chorro de agua como si se tratará de una catarata. Pronto el agua descendió hasta las calles del pueblo, anegándolas, inundó el interior de las casas y se extendió por los campos de alrededor. Brotaba tanta agua que en un pis-pas lo cubrió todo.
El anciano era un mago sabio. Su tambor estaba hechizado. El sabio iba de pueblo en pueblo probando la generosidad de sus habitantes, y este era el castigo que tenía preparado para los que no mostraban un buen corazón.
Ahora, en el lugar donde antes estaba el maravilloso pueblo, hay una extensa laguna rodeada de verde hierba brillante y de flores de todos los colores, silenciosa como el interior del anciano sabio.
 GAIA

viernes, 20 de enero de 2012

EL PATITO FEO

El patito feo 


A veces a la mujer salvaje la vida le falla desde el principio. Muchas mujeres son hijas de unos progenitores que en su infancia las estudiaban, preguntándose cómo era posible que aquella pequeña intrusa hubiera conseguido introducirse en la familia. Otros progenitores se pasaban el rato con los ojos en blanco sin prestar la menor atención a su hija o bien la maltrataban o la miraban con frialdad.

Las mujeres que han pasado por esta experiencia tienen que animarse. Se han vengado siendo, sin culpa por su parte, un engorro al que sus padres han tenido que criar y una espina clavada permanentemente en sus costados. Y hasta es muy posible que hoy en día sean capaces de causarles un profundo temor cuando llaman a su puerta. No está del todo mal como justo castigo infligido por el inocente.

Hay que dedicar menos tiempo a pensar en lo que ellos no dieron Y más tiempo a buscar a las personas que nos corresponden. Es muy Posible que una persona no pertenezca en absoluto a su familia biológica. Es muy posible que, desde un punto de vista genético, pertenezca a su familia, pero por temperamento se incorpore a otro grupo de personas. También cabe la posibilidad de que alguien pertenezca aparentemente a su familia, pero su alma se escape de un salto, corra calle abajo y sea glotonamente feliz zampándose pastelillos espirituales en otro sitio.

Hans Christian Andersen(1) escribió docenas de cuentos literarios acerca de los huérfanos. Era un gran defensor de los niños perdidos y abandonados y un firme partidario de la búsqueda de los que sol, como nosotros.
 


Su versión del “Patito feo” se publicó por primera vez en 1845. El antiguo tema del cuento es el de lo insólito y lo desvalido, una semihistoria perfecta de la Mujer Salvaje. En los últimos dos siglos “El patito feo” ha sido uno de los pocos cuentos que han animado a varias generaciones sucesivas de seres “extraños” a resistir hasta encontrara los suyos.

Es lo que yo llamaría un cuento psicológico y espiritual “de raíz”, es decir, un cuento que contiene una verdad tan fundamental para el desarrollo humano que, sin la asimilación de este hecho, el ulterior progreso de una persona sería muy precario y ésta no podría prosperar del todo desde un punto de vista psicológico sin resolver primero esta cuestión. He aquí por tanto “El patito feo” que yo escribí como cuento literario, basándome en la extravagante versión original relatada en lengua magiar por las falusias mesélök, las rústicas narradoras de cuentos de mi familla (2).


__________________________________________________

El patito feo

Se acercaba la estación de la cosecha. Las viejas estaban confeccionando unas muñequitas verdes con gavillas de maíz. Los viejos remendaban las mantas. Las muchachas bordaban sus vestidos blancos con flores de color rojo sangre. Los chicos cantaban mientras aventaban el dorado heno. Las mujeres tejían unas ásperas camisas para el cercano invierno. Los hombres ayudaban a recoger, arrancar, cortar y cavar los frutos que los campos habían ofrecido. El viento estaba empezando a arrancar las hojas de los árboles, cada día un poquito más. Y allá abajo en la orilla del río una mamá pata estaba empollando sus huevos.

Para la pata todo marchaba según lo previsto hasta que, al final, uno a uno los huevos empezaron a estremecerse y a temblar, los cascarones se rompieron y los nuevos patitos salieron tambaleándose. Pero quedaba todavía un huevo, un huevo muy grande, inmóvil como la piedra.

Pasó por allí una vieja pata y la mamá pata le mostró su nueva prole.

—¿A que son bonitos? —preguntó con orgullo.

Pero la vieja pata se fijó en el huevo que no se había abierto y trató de disuadir a su amiga de que siguiera empollándolo.

—Es un huevo de pavo —sentenció la vieja pata—, no es un huevo apropiado. A un pavo no se le puede meter en el agua, ¿sabes?

Ella lo sabía porque lo había intentado una vez.

Pero la pata pensó que, puesto que ya se había pasado tanto tiempo empollando, no le molestaría hacerlo un poco más.

—Eso no es lo que más me preocupa —dijo—. ¿Sabes que el muy bribón del padre de estos patitos no ha venido a verme ni una sola vez?

A final, el enorme huevo empezó a estremecerse y a vibrar, la cáscara se rompió y apareció una inmensa y desgarbada criatura. Tenía la piel surcada por unas tortuosas venas rojas y azules. Las patas eran de color morado claro y sus ojos eran de color de rosa transparente.

La mamá pata ladeó la cabeza y estiró el cuello para examinarlo y no tuvo más remedio que reconocerlo: era decididamente feo.

—A lo mejor, es un pavo —pensó, preocupada. Sin embargo, cuando el patito feo entró en el agua con los demás polluelos de la nidada, la mamá pata vio que sabía nadar perfectamente—. Sí, es uno de los míos, a pesar de este aspecto tan raro que tiene. Aunque, bien mirado… me parece casi guapo.

Así pues lo presentó a las demás criaturas de la granja, pero, antes de que se pudiera dar cuenta, otro pato cruzó como una exhalación el patio y picoteó al patito feo directamente en el cuello.

—¡Detente! —gritó la mamá pata.

Pero el matón replicó:

—Es tan feo y tan raro que necesita que lo intimiden un poco.

La reina de los patos con su cinta roja en la pata comentó:

—¡Vaya, otra nidada! Como si no tuviéramos suficientes bocas que —alimentar. Y aquel de allí tan grande y tan feo tiene que ser una equivocación.

—No es una equivocación —dijo la mamá pata—. Será muy fuerte, Lo que ocurre es que se ha pasado demasiado tiempo en el huevo y aún está un poco deformado. Pero todo se arreglará, ya lo verás —añadió, alisando las plumas del patito feo y lamiéndole los remolinos de Plumas que le caían sobre la frente.

Sin embargo los demás hacían todo lo posible por hostigar de mil maneras al patito feo. Se le echaban encima volando, lo mordían, lo Picoteaban, le silbaban y le gritaban. Conforme pasaba el tiempo, el tormento era cada vez peor. El patito se escondía, procuraba esquivarlos, zigzagueaba de derecha a izquierda, pero no podía escapar. Era la criatura más desdichada que jamás hubiera existido en este mundo.

Al principio, su madre lo defendía, pero después hasta ella se cansó y exclamó exasperada:

—Ojalá te fueras de aquí.

Entonces el patito feo huyó. Con casi todas las plumas alborotadas y un aspecto extremadamente lastimoso, corrió sin parar hasta que llegó a una marisma. Allí se tendió al borde del agua con el cuello estirado, bebiendo agua de vez en cuando. Dos gansos lo observaban desde los cañaverales.

—Oye, tú, feúcho —le dijeron en tono de burla—, ¿quieres venir con nosotros al siguiente condado? Allí hay un montón de ocas solteras para elegir.

De repente se oyeron unos disparos, los gansos cayeron con un sordo rumor y el agua de la marisma se tiñó de rojo con su sangre. El patito feo se sumergió mientras a su alrededor sonaban los disparos, se oían los ladridos de los perros y el aire se llenaba de humo.

Al final, la marisma quedó en silencio y el patito corrió y se fue volando lo más lejos que pudo. Al anochecer llegó a una pobre choza; la puerta colgaba de un hilo y había más grietas que paredes. Allí vivía una vieja andrajosa con su gato despeinado y su gallina bizca. El gato se ganaba el sustento cazando ratones. Y la gallina se lo ganaba poniendo huevos.

La vieja se alegró de haber encontrado un pato. A lo mejor, pondrá huevos, pensó, y, si no los pone, podremos matarlo y comérnoslo. El pato se quedó allí, donde constantemente lo atormentaban el gato y la gallina, los cuales le preguntaban:

—¿De qué sirves si no puedes poner huevos y no sabes cazar?

—A mí lo que más me gusta es estar debajo —dijo el patito, lanzando un suspiro—, debajo del vasto cielo azul o debajo de la fría agua azul.

El gato no comprendía qué sentido tenía permanecer debajo del agua y criticaba al patito por sus estúpidos sueños. La gallina tampoco comprendía qué sentido tenía mojarse las plumas y también se burlaba del patito. Al final, el patito se convenció de que allí no podría gozar de paz y se fue camino abajo para ver si allí había algo mejor.

Llegó a un estanque y, mientras nadaba, notó que el agua estaba cada vez más fría. Una bandada de criaturas volaba por encima de su cabeza; eran las más hermosas que él jamás hubiera visto. Desde arriba le gritaban y el hecho de oír sus gritos hizo que el corazón le saltara de gozo y se le partiera de pena al mismo tiempo. Les contestó con un grito que jamás había emitido anteriormente. En su vida había visto unas criaturas más bellas y nunca se había sentido más desvalido.

Dio vueltas y más vueltas en el agua para contemplarlas hasta que ellas se alejaron volando y se perdieron de vista. Entonces descendió al fondo del lago y allí se quedó acurrucado, temblando. Estaba desesperado, pues no acertaba a comprender el ardiente amor que sentía por aquellos grandes pájaros blancos.

Se levantó un viento frío que sopló durante varios días y la nieve cayó sobre la escarcha. Los viejos rompían el hielo de las lecheras y las viejas hilaban hasta altas horas de la noche. Las madres amamantaban a tres criaturas a la vez a la luz de las velas y los hombres buscaban a las ovejas bajo los blancos cielos a medianoche. Los jóvenes se hundían hasta la cintura en la nieve para ir a ordeñar y las muchachas creían ver los rostros de apuestos jóvenes en las llamas del fuego de la chimenea mientras preparaban la comida. Allá abajo en el estanque el patito tenía que nadar en círculos cada vez más rápidos para conservar su sitio en el hielo.

Una mañana el patito se encontró congelado en el hielo y fue entonces cuando comprendió que se iba a morir. Dos ánades reales descendieron volando y resbalaron sobre el hielo. Una vez allí estudiaron al patito.

—Cuidado que eres feo —le graznaron—. Es una pena. No se puede hacer nada por los que son como tú.

Y se alejaron volando. Por suerte, pasó un granjero y liberó al patito rompiendo el hielo con su bastón. Tomó en brazos al patito, se lo colocó bajo la chaqueta y se fue a casa con él. En la casa del granjero los niños alargaron las manos hacia el patito, pero éste tenía miedo. Voló hacia las vigas y todo el polvo allí acumulado cayó sobre la mantequilla. Desde allí se sumergió directamente en la jarra de la leche y, cuando salió todo mojado y aturdido, cayó en el tonel de la harina. La esposa del granjero lo persiguió con la escoba mientras los niños se partían de risa. El patito salió a través de la gatera y, una vez en el exterior, se tendió medio muerto sobre la nieve. Desde allí siguió adelante con gran esfuerzo hasta que llegó a otro estanque y otra casa, otro estanque y otra casa y se pasó todo el invierno de esta manera, alternando entre la vida y la muerte.

Así volvió el suave soplo de la primavera, las viejas sacudieron los lechos de pluma y los viejos guardaron sus calzoncillos largos. Nuevos niños nacieron en mitad de la noche mientras los padres paseaban Por el Patio bajo el cielo estrellado. De día las muchachas se adornaban el pelo con narcisos y los muchachos contemplaban los tobillos de las, chicas. Y en un cercano estanque el agua empezó a calentarse y el Patito feo que flotaba en ella extendió las alas.

Qué grandes y fuertes eran sus alas. Lo levantaron muy alto por encima de la tierra. Desde el aire vio los huertos cubiertos por sus blancos mantos, a los granjeros arando y toda suerte de criaturas, empollando, avanzando a trompicones, zumbando y nadando. Vio también en el estanque tres cisnes, las mismas hermosas criaturas que había visto el otoño anterior, las que le habían robado el corazón, y sintió el deseo de reunirse con ellas.

¿Y si fingen apreciarme y, cuando me acerco a ellas, se alejan volando entre risas?, pensó el patito. Pero bajó planeando y se posó en el estanque mientras el corazón le martilleaba con fuerza en el pecho.

En cuanto lo vieron, los cisnes se acercaron nadando hacia él. No cabe duda de que estoy a punto de alcanzar mí propósito, pensó el patito, pero, si me tienen que matar, prefiero que lo hagan estas hermosas criaturas y no los cazadores, las mujeres de los granjeros o los largos inviernos. E inclinó la cabeza para esperar los golpes.

Pero ¡oh prodigio! En el espejo del agua vio reflejado un cisne en todo su esplendor: plumaje blanco como la nieve, ojos negros como las endrinas y todo lo demás. Al principio, el patito feo no se reconoció, pues su aspecto era el mismo que el de aquellas preciosas criaturas que tanto había admirado desde lejos.

Y resultó que era una de ellas. Su huevo había rodado accidentalmente hacia el nido de una familia de patos. Era un cisne, un espléndido cisne. Y, por primera vez, los de su clase se acercaron a él y lo acariciaron suave y amorosamente con las puntas de sus alas. Le atusaron las plumas con sus picos y nadaron repetidamente a su alrededor en señal de saludo.

Y los niños que se acercaron para arrojar migas de pan a los cisnes exclamaron:

—Hay uno nuevo.

Y, tal como suelen hacer los niños en todas partes, corrieron a anunciarlo a todo el mundo. Y las viejas bajaron al estanque y se soltaron sus largas trenzas plateadas. Y los mozos recogieron en el cuenco de sus manos el agua verde del lago y se la arrojaron a las mozas, quienes se ruborizaron como pétalos. Los hombres dejaron de ordeñar simplemente para aspirar bocanadas de aire. Las mujeres abandonaron sus remiendos para reírse con sus compañeros. Y los viejos contaron historias sobre la longitud de las guerras y la brevedad de la vida.

Y uno a uno, a causa de la vida, la pasión y el paso del tiempo, todos se alejaron danzando; los mozos y las mozas se alejaron danzando. Los viejos, los maridos y las esposas también se alejaron danzando. Los niños y los cisnes se alejaron danzando… y nos dejaron solos… con la primavera… y allá abajo junto a la orilla del río otra mamá pata empezó a empollar los huevos de su nido.

_____________________________________________________


El problema del exiliado es muy antiguo. Muchos cuentos de hadas y mitos se centran en el tema del proscrito. En tales relatos, la figura principal se siente torturada por unos acontecimientos que la rebasan, con frecuencia a causa de un doloroso descuido. En “La bella durmiente”, la decimotercera hada es olvidada y no se la invita al bautizo, lo cual da lugar a que la niña sea objeto de una maldición que exigía a todo el mundo de una u otra forma. A veces el exilio se produce por pura maldad, como cuando la madrastra envía a la hijastra a la oscuridad del bosque en “Vasalisa la Sabia”.

Otras veces el exilio se produce como consecuencia de un ingenuo error. El griego Hefesto se puso del lado de su madre Hera en una discusión de ésta con su esposo Zeus. Zeus se enfureció y arrojó a Hefesto del monte Olimpo, desterrándolo y provocándole una cojera.

A veces el exilio es consecuencia de un pacto que no se comprende, tal como ocurre en el cuento de un hombre que accede a vagar como una bestia durante un determinado número de años para poder ganar un poco de oro y más tarde descubre que ha entregado su alma al diablo disfrazado.

El tema de “El patito feo” es universal. Todos los cuentos del “exilio” contienen el mismo significado esencial, pero cada uno de ellos está adornado con distintos flecos y ringorrangos que reflejan el fondo cultural del cuento y la poesía de cada cuentista en particular.

Los significados esenciales que aquí nos interesan son los siguientes: El patito del cuento es un símbolo de la naturaleza salvaje que, cuando las circunstancias la obligan a pasar penurias nutritivas, se esfuerza instintivamente en seguir adelante ocurra lo que ocurra. La naturaleza salvaje resiste instintivamente y se agarra con fuerza, a veces con estilo y otras con torpeza. Y menos mal que lo hace, pues, para la mujer salvaje, la perseverancia es una de sus mayores cualidades.

lunes, 19 de diciembre de 2011

OH CAPITAN.....MI CAPITAN

Oh capitán mi capitán
Por pura casualidad he llegado a esta entrada del blog de Duardian en 2009...
y tengo que re postearla, TENGO.
Porque creo que es el momento para que todos pensemos precisamente en esto.


Walt Whitman

(1819-1892)


Surgirá un nuevo orden
y sus hombres serán
los sacerdotes del hombre,
y cada hombre será
su propio sacerdote.



NO TE DETENGAS
No dejes que termine el día sin haber crecido un poco,
sin haber sido feliz, sin haber aumentado tus sueños.
No te dejes vencer por el desaliento.
No permitas que nadie te quite el derecho a expresarte,
que es casi un deber.
No abandones las ansias de hacer de tu vida algo extraordinario.
No dejes de creer que las palabras y las poesías
sí pueden cambiar el mundo.
Pase lo que pase nuestra esencia está intacta.
Somos seres llenos de pasión.
La vida es desierto y oasis.
Nos derriba, nos lastima,
nos enseña,
nos convierte en protagonistas
de nuestra propia historia.
Aunque el viento sople en contra,
la poderosa obra continúa:
Tu puedes aportar una estrofa.
No dejes nunca de soñar,
porque en sueños es libre el hombre.
No caigas en el peor de los errores:
el silencio.
La mayoría vive en un silencio espantoso.
No te resignes.
Huye.
"Emito mis alaridos por los techos de este mundo",
dice el poeta.
Valora la belleza de las cosas simples.
Se puede hacer bella poesía sobre pequeñas cosas,
pero no podemos remar en contra de nosotros mismos.
Eso transforma la vida en un infierno.
Disfruta del pánico que te provoca
tener la vida por delante.
Vívela intensamente,
sin mediocridad.
Piensa que en ti está el futuro
y encara la tarea con orgullo y sin miedo.
Aprende de quienes puedan enseñarte.
Las experiencias de quienes nos precedieron
de nuestros "poetas muertos",
te ayudan a caminar por la vida
La sociedad de hoy somos nosotros:
Los "poetas vivos".
No permitas que la vida te pase a ti sin que la vivas ...


lunes, 5 de diciembre de 2011

Lo que llamais oscuridad...Si tenemos un edificio de cuatro pisos, ¿de qué sirve habitar sólo uno?



Lo que llamais oscuridad...Si tenemos un edificio de cuatro pisos, ¿de qué sirve habitar sólo uno?


Como muy bien nos lo indica el Tarot, tenemos cuatro maneras de captar la realidad: intelectualmente, emocionalmente, sexualmente y corporalmente. Cada uno de estos “centros” habla un lenguaje particular. Nos explicamos el mundo mediante ideas, emociones, deseos y necesidades. Se necesita un quinto elemento, Conciencia Esencial, que puede traducir estos lenguajes para darles unidad a las cuatro partes. Si tenemos un edificio de cuatro pisos, ¿de qué sirve habitar sólo uno? Para que la casa funcione bien debemos habitar en todas sus dependencias. Es decir, es preciso que el quinto elemento, el Amo, pueda vivir en los cuatro pisos al mismo tiempo. Esa es una casa habitada. No puede quedar deshabitado ni siquiera un cuarto pequeño… También debemos tomar en consideración que los subterráneos de la casa tienen cuatro pisos hacia abajo (pensamientos inconscientes, sentimientos inconscientes, deseos inconscientes, necesidades inconscientes) y que el trabajo del Amo es abrir las puertas para que haya libre tránsito entre lo que se usa en los pisos altos y lo que se almacena en los subterráneos. De los pisos visibles debe bajar la luz hacia la obscuridad de lo sumergido. Y esa luz es recibida en la azotea directamente del cosmos.

Alejandro Jodorowsky

lunes, 18 de julio de 2011

La niña indígena y los pájaros


Érase una vez una niña indígena que no había conocido otro hogar que no fuera la selva en plena naturaleza virgen y salvaje. Adoraba los rayos de sol paseándose en la superficie del riachuelo y el canto de los pájaros que estremecía los amaneceres con su espontánea y rítmica melodía. Una melodía que se acunaba en el silencio de la mañana ante la atenta mirada del sol.

Era el vuelo de los pájaros el que abrazaba la tierra en un gesto protector que la tenía ensimismada. La niña siempre había creído que los pájaros eran los mensajeros de los ángeles, los reyes del cielo, y que su presencia contribuía a que el mundo recobrara su belleza originaria desde el palpitar de los orígenes del Universo.

La Tierra era un planeta predestinado a sentir desde el corazón y a ser respetado por todas las especies y, en cierta manera, la niña percibía a los ángeles y a los pájaros como los vigías del espacio que habitaban. Podía decirse que la niña casi veneraba a los pájaros y ellos, a su vez, percibían el afecto que ella sentía por ellos y rara vez se asustaban en su presencia.

Lo único que la niña conocía aparte de los pájaros y su familia era la tierra firme que pisaba, por eso, su mayor anhelo era surcar los cielos más allá del horizonte que sus ojos podían avistar y recrearse en el sabor de la libertad que otorga el vuelo. Sin embargo, debía conformarse con dar las gracias por sus pies y sus piernas que le permitían correr y desplazarse.

Un día un hada se apareció ante la joven y le dijo que le concedería un solo deseo. La joven, sin dudarlo, le pidió que la transformara en ángel o en pájaro para poder volar lejos, libre, sin ataduras ni recuerdos. Le dejó al hada la elección entre uno u otro.

El hada la transformó en pájaro y pronto inició la niña su vuelo ascendente, ahora en contacto con sus plumas, su pico y el viento en el que mecerse, y, curiosamente, el vuelo no sólo la condujo a otros pájaros sino también hacia los ángeles.

Cuenta la leyenda que los pájaros siempre andan cerca de los ángeles o, incluso, de las hadas y que hay un pájaro que, si oye tus pensamientos, provoca que un ángel o una hada se acerque a tu corazón…

Gracias Maria Jesús Verdú del blog http://zonailuminada.blogspot.com/

martes, 31 de mayo de 2011

"BARRIENDO IMPUREZAS". CUENTO TIBETANO



Cuentan que un hombre mayor que había recorrido años y kilómetros en la búsqueda del camino espiritual, se topó un día con un monasterio perdido en las sierras.

 Al llegar allí, tocó a la puerta y pidió a los monjes que le permitieran quedarse a vivir en ese lugar para recibir enseñanzas espirituales. El hombre era analfabeto, muy poco ilustrado, y los monjes se dieron cuenta de que ni siquiera podría leer los textos sagrados, pero al verlo tan motivado decidieron aceptarlo.
Los monjes comenzaron a darle, sin embargo, tareas que, en un principio, no parecían muy espirituales..
-”Te encargarás de barrer el claustro todos los días” -le dijeron.
El hombre estaba feliz. Al menos, pensó, podría reconfortarse con el silencio reinante en el lugar y disfrutar de la paz del monasterio, lejos del mundanal ruido.
Pasaron los meses, y en el rostro del anciano comenzaron a dibujarse rasgos más serenos, se lo veía contento, con una expresión luminosa en el rostro y mucha calma. Los monjes se dieron cuenta de que el hombre estaba evolucionando en la senda de la paz espiritual de una manera notable.
Un día le preguntaron: -¿”Puedes decirnos qué práctica sigues para hallar sosiego y tener tanta paz interior?”
-”Nada en especial. Todos los días, con mucho amor, barro el patio lo mejor que puedo. Y al hacerlo, también siento que barro de mí todas las impurezas de mi corazón, borro los malos sentimientos y elimino totalmente la suciedad de mi alma”.


De este modo el hombre se fue tornando un ejemplo para los monjes, quienes comenzaron a admirarlo y a ofrecerles tareas más importantes, pero el anciano prefirió seguir barriendo las impurezas.
Y cuentan que un día su corazón quedó tan limpio y puro que despertó a la conciencia universal, y aún así, continuó barriendo.

Gracias Patricia de Cusi Huasi